¿Tiene sentido matar a Maduro?

Por: Andrés Carrero
viernes 14 julio 2017

Hace unos días el abogado, Abelardo De La Espriella escribió una columna en El Heraldo en la que justificaba la muerte del presidente Maduro de Venezuela, como una acción justa y necesaria para terminar de una buena vez con un gobierno tildado por muchos como dictadura.

Si bien, como lo explicó el columnista en la Revista Semana, su argumento tiene un sentido político y técnicamente es justo desde la perspectiva filosófica, es importante hacer unas cuantas observaciones al respecto.

¿Podemos impulsar la violencia como un mecanismo de justicia social? Evidentemente sí, cuando se trata de una interpretación de la ley liberal que sobrevive en nuestros países. De hecho, que las FARC tuvieran un proceso de paz en el que salieron bien libradas de los delitos cometidos tiene mucho que ver con esto. Recuerden que el asesinato, la asonada y la rebelión, más la interpretación de la Corte Constitucional sobre el narcotráfico, terminó siendo un delito político y por lo tanto, una acción justa. Sintetizando el delito político, con la reserva que merece el lector, no es lo mismo matar para enriquecerme que matar para construir una mejor sociedad.

Esta definición escueta y simplista que hago puede usarse también para la asonada, el secuestro, la rebelión y hoy, según la Corte Constitucional en el caso de las FARC, también para el narcotráfico.

Así las cosas, matar a Maduro se entendería como una acción justa y legal, si se hace una interpretación de la Carta Magna venezolana y se recurre a la literatura liberal que heredamos de nuestro modelo Occidental. Sin embargo, hay que hacer una salvedad a este argumento expuesto, y es que en Venezuela no se trata de un Gobierno contra la oposición, más bien es un Gobierno contra unos opositores, lo que complejiza el asunto porque no hay una oposición, sino muchas oposiciones.

Por otra parte, ¿Matar a Maduro resuelve el problema de corrupción y desarticulación social que vive ese país? A título personal No. Creo que vivir en Colombia, estudiar nuestra historia nacional y ver los costos de la guerra de guerrillas nos permite saberlo. A pesar de que las FARC, el ELN, el EPL, el M-19 y las demás organizaciones armadas que hemos tenido, declararon la guerra a la clase política nacional y local, los resultados no han sido precisamente el cambio de la estructura nacional.

Aunque nuestra Constitución se hizo con la participación de actores desmovilizados, y el acuerdo de paz que firmamos con las FARC introduce asuntos claves en la estructura nacional, evidentemente el problema del Estado sigue allí presente. Las guerrillas secuestraron, asesinaron, persiguieron, reprimieron, etc., a líderes y simpatizantes políticos del stablishment¸ pero el país no cambió hacia los intereses que movilizaron estas acciones.

Más bien, los costos de la violencia fueron la degradación de las acciones contra la población civil, el atraso económico en zonas de conflicto, el fortalecimiento de redes ilegales amparadas por la institucionalidad como la parapolítica, el incremento de los crímenes de Estado como los falsos positivos, el asesinato de líderes y pensadores como Bernardo Jaramillo o Álvaro Gómez.

Entonces, ¿Tiene sentido matar a Maduro? Él es un eslabón en una gran cadena que articula poderes internacionales, nacionales, regionales y locales; luego no necesariamente su muerte transforma el país. Quizá olvidamos que la tesis del delito político opera con sentido en los sistemas preconstitucionales, así que el problema de Venezuela se resuelve por la misma población de Venezuela que eligió ser y vivir como hoy viven. La libertad y autonomía de los pueblos llevará a su transformación y planificación de futuro.

A este asunto hay que agregar otro aspecto, y es que en la vida pública y política se requiere de la ética; asunto que el columnista De La Espriella quizá no tiene. No olvidaré nunca su desatinado comentario “la ética no tiene nada que ver con el derecho”; quizá la ética tampoco, para él, tenga que ver con la política.

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