Algunas ideas para enseñar Historia

Por: Andrés Carrero
miércoles 10 enero 2018

El pasado diciembre 27 de 2017 se aprobó la Ley 1874 que modificó parcialmente la Ley General de Educación (Ley 115 de 1994) teniendo como objeto “restablecer la enseñanza obligatoria de la Historia de Colombia como una disciplina integrada en los lineamientos curriculares de las ciencias sociales en la educación básica y media”.

Como era de esperarse, muchas personas han opinado a favor de la medida, como también, otros han considerado que la Ley terminó siendo diferente a lo propuesto por la senadora Morales, puesto que no se logró que historia fuera una asignatura independiente; básicamente quedó igual a lo que hoy tenemos dentro del paquetón llamado Ciencias Sociales.

De todas maneras, sin entrar en pormenores sobre la Ley, la pregunta que me ha venido rondando estos días es ¿Cómo enseñar historia? Para muchos, esta disciplina trata de fechas, lugares y nombres de reyes, políticos y empresarios; por lo que es aburrida, acartonada y poco relevante. De hecho, hasta cuando hacemos un viaje se suele vender la idea de la historia como un cúmulo de hechos que resaltan la suerte de unos, y se enfatiza en la fecha exacta. Pero esa no es la única manera de enseñar historia; por lo que la nueva Ley exige una reflexión profunda sobre cómo y qué enseñar.

Abrir la escuela a la historia permitirá que las nuevas generaciones sepan cómo hemos creado nuestra sociedad, por qué hay unas sociedades más ricas que otras y cuáles son los riesgos de querer seguir modelos sociales sin una reflexión profunda de nuestras estructuras; de allí que el MEN y las Secretarías de Educación deban tener presente que enseñar historia debe ser labor de personas con competencias disciplinarias y pedagógicas.

Pero yendo un poco más allá y considerando que la historia es un entrelazamiento entre hechos y juicios de valor articulados a los intereses personales, políticos y las proyecciones a futuro de quien la escribe, ¿Qué debería enseñar el profesor de historia?, ¿Cómo explicar el fenómeno del gaitanismo, el turbayismo o el actual uribismo?, ¿Cómo explicar la existencia de las guerrillas, los paramilitares y el narcotráfico?, ¿Qué podríamos decirle a nuestros estudiantes sobre las masacres perpetradas por el ejército como en las bananeras, o las tomas de la guerrilla en Mitú, o Granada Antioquia?, ¿Cómo abordar el culto a Pablo Escobar y su sicario alias Popeye?, ¿Cómo explicar la masacre perpetrada por los paras en La Rochela o Mapiripán?

Aunque existen muchas formas para enseñar y escribir Historia, resaltaré tres muy comunes y con muchas críticas de todo índole, aunque si se entrelazan tendrían como resultado una interesante base interpretativa para respondernos preguntas como las formuladas.

  1. La historia tradicional, la que debemos a Von Ranke, la de Henao y Arrubla que a la mayoría nos tocó; esta historia de fechas y nombres, de guerras y líderes militares o políticos. La ventaja es que nos permite establecer escalas de tiempo, movernos entre fechas y reconocer los dueños del poder; así sepamos poco de los perdedores. La desventaja es que a la mayoría les aburre y realmente terminamos conociendo la cara ganadora, de por sí, ya ajustada a los intereses de quien la escribió.
  2. La historia del materialismo, la marxista, la de la lucha de clases. Es la historia de los desfavorecidos y los revolucionarios, la que dejó en la memoria de muchos el padecimiento de millones. La de Eric Hobsbawm hablándonos del capitalismo, pero no de su éxito y promesas cumplidas; más bien de cómo se construyeron esos triunfos de pocos con la miseria de muchos. La desventaja es que su interpretación general limitó la vida a la economía y en otros casos, justifica la violencia como estrategia para transformar las realidades.
  3. La microhistoria e historia regional, la que nos permitió conocer las particularidades de nuestras localidades poniendo en la mesa de discusión las diferencias entre pueblos, regiones, personalidades y desconocidos. Desfavorable a los discursos globalizantes, el totalitarismo del insoportable discurso unificador del Estado, pero a su vez -y he aquí su desventaja- enfocado principalmente en la minucia, una historia desconectada de la globalidad.

Las tres formas expuestas son muy interesantes, porque su articulación en una historia más ambiciosa nos da como resultado la llamada “historia crítica”; esa que nos permite explicar las contradicciones y discontinuidades de la sociedad. Tengamos presente que nunca será completo el conocimiento del pasado, pero si nos dedicamos de manera exclusiva a un grupo, dejaremos de lado la articulación y dependencia con los otros. La trata negrera y la esclavitud fueron hechos espantosos que tienen que ser estudiados, pero desconocer a los líderes políticos y militares que participaban en la misma sería anular las relaciones de dominación y dependencia de ambos grupos.

Si queremos entender el capitalismo no podemos olvidarnos de los obreros; el sistema funciona con éxito cuando hay explotados; así, la relación es de dependencia. De igual forma, no podremos conocer el proceso de configuración estatal colombiano si no sabemos la suerte histórica de las regiones y cómo una decisión central se desconfigura en las mal llamadas periferias.

Para alcanzar una cuarta estrategia de enseñanza requerimos de una historia capaz de pensar en tiempo y espacio, con la suficiencia para hablar de líderes, militares, guerras, fechas, etc., pero reconociendo a los perdedores, lo que les impulsó a la batalla, lo que hicieron quienes tuvieron que escapar de sus efectos, etc.

Necesitamos una historia que reconozca la silueta del perdedor en el arco del triunfo del ganador, que sirva para articular nuestros contextos al mundo que los produjo, influyó o excluyó. Esa historia se hace en la escuela, movilizándose con proyectos de aula como los promovidos desde ONDAS-COLCIENCIAS. Necesitamos una nueva historia, una con responsabilidad política y con capacidad para contribuir a la construcción de una sociedad crítica.

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