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MUJERES VÍCTIMAS DE UNA GUERRA QUE NO LES PERTENECE.

Escrito por Alejandro Medina Marín , 14 de Marzo de 2021. Guardado en Opinión

Las mujeres de nuestro país, sin distinción de zona rural o urbana, han sido víctimas directas de esta guerra de más de 50 años, desarrollada de manera bélica en nuestro conflictivo territorio, donde han existido guerras políticas cómo la Guerra de los Mil Días en 1899 y 1902, causando la muerte de más de 100.000 personas, sin hablar del enfrentamiento de liberales y conservadores; conflictos de tierras con los grandes desplazamientos ocasionados por hacendados y grandes periferias; enfrentamientos con narcotraficantes no solo por la coca y el microtráfico, sino con el lamentable MAS (Muerte a Secuestradores), el paramilitarismo con la llegada de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), y guerras bélicas entre insurgencias y Estado con su fuerza militar legitimada para matar, teniendo ambas una acción en común: accionar gatillos sin importar hombre, mujer, adulto mayor o menores, niños y niñas; en fin, la mujer siempre ha estado envuelta en esta guerra, sea cómo militante, o botín de guerra, cómo víctima por la desaparición de sus hijos, nietos, sobrinos, anudándole la pérdida de su identidad, espacio personal, vivienda y sus tierras al ser desplazadas.  

Es indiscutible que la guerra siempre se ha tipificado como un accionar de hombres llenos de nacionalismo, valor e ideologías absurdas, dejando a un lado y con menor protagonismo a las mujeres, pues las cifras permiten delimitar que nueve de cada diez víctimas son hombres, pero recae toda la tragedia de la perdida, el dolor y la indignación sobre ellas.  

Los hechos violentos han ocasionado en la psique y el físico de las mujeres huellas imborrables, trastocando sus proyectos de vida y sus formas de relacionarse con el mundo y sus creencias, pues fueron obligadas a cambiar sus roles, oficios y actividades.  

El desplazamiento afecta de manera contundente a las mujeres, pues dentro de su rol tradicional impuesto cultural e históricamente en esta sociedad patriarcal que le ha asignado el cuidado y afecto del hogar, la pone en una posición de vulnerabilidad frente a los actores insurgentes, pues no solo llegan a desalojarlas de sus espacios de vida cotidiana, sino que las agreden física y emocionalmente en la acción, las palabras, miradas, amenazas, gritos y hasta violaciones no faltan en el proceso cobarde del desplazamiento forzado. Sin sus pertenencias, golpeadas, sin rumbo, sin un plante económico, ni social, sin su red de apoyo, deben buscar un nuevo rumbo bajo el cuidado de sus hijos e hijas en un lugar de gran pobreza,  donde no se identifican y no las reconocen.  

Cómo si fuera poco, la mujer históricamente se ha convertido en un botín de guerra, pues se representa en ella, el territorio, la propiedad y el actor más vulnerable dentro del contexto de la guerra, sin importar su rol, si es líder, madre, hermana, ¡si es mujer!;  su cuerpo se representa como estigmatizados, incómodos o peor aún, cómo propiedad del adversario, lo que las legítima como corregibles, apropiables en escenarios de control, disciplinados en escenarios de filas insurgentes. Una propiedad que se puede manipular, controlar, violentar y de manera cobarde y machista se trasgrede en sus cuerpos la violencia sexual, lo que les resulta funcional a las líneas insurgentes, porque por medio de la amenaza, las callan,  manipulan, desplazan, las afectan, en fin, las violentan.  

Las mujeres, no solo son violentadas en territorios donde se desarrolla el conflicto, también son víctimas de manera indirecta, debido a que las la guerra con sus actuaciones propias de contextos bélicos como desaparición forzada, muerte o falsos positivos, deja a mujeres viudas,  hijos huérfanos, madres sin sus hijos, y familias sin sus integrantes.   

Las madres, hermanas, tías, hijas, viven en carne propia el no saber más de sus familiares, la desesperación de no volver a ver en casa, la ilusión del reencuentro finito, la esperanza de encontrar su cuerpo, sea vivo o muerto, la infalible búsqueda de una mujer por su familiar; aún sirve su almuerzos y lo piensa, lo sueña, despierta pensando en su abrazo, su mirada, hasta que regresa a su mundo real, donde no está él, su motor de vida, su ilusión, su amor, su apoyo, su futuro. No, ya no está, se lo llevaron las milicias de manera forzada y no volvió, se lo llevaron para un trabajo, lo montaron en un camión y no regreso, saben que si volvió, su cuerpo muerto, decapitado, una noticia en falso que nunca quisiera que fuera positivo para mis sentires, lo hizo el Estado, ¡Sí! lo hizo, lo hicieron las insurgencias, !también¡, pero ahora ¿quién me reconforta y me vuelve a poner la mirada en el horizonte de esperanza?, ¡nadie!, ¡nunca! Tienen mi perdón, pero no mi olvido, la seguridad no me representó en democrática,  ni en tribunales, lo único que me represento fue él olvidó Estatal.  Me sostuvo las juntanzas de las mujeres con un mismo sentir, nos encontramos, sanamos, perdonamos, hicimos el duelo,  resignificamos el sentimiento y lo tramitamos en lucha por la verdad.  

A las mujeres víctimas de esta guerra que no les pertenece, las invito a seguir resignificando sus espacios de reflexión y perdón colectivo; la memoria de las víctimas es la fuente donde se conoce lo absurdo de la guerra, configurada desde las esferas del poder político y militar, que ha condenado al pueblo al dolor, la soledad y la pobreza bajo una peligrosa idea de patriotismo. Que las víctimas  cuenten  sus historias permitirá aprender, sentir y acompañarlas en su dolor. No callar, perdonar y sanar es el camino de lucha por su verdad, la verdad de sus pueblos y de  la nación. El Proceso de Paz ha sido un argumento para que los jóvenes respalden sus exigencias y para que la defensa por la paz sea el camino. Un camino para hacer  historia desde el principio del amor, la solidaridad, la fraternidad. La historia no es nueva. A tomar aire y a tener amor por la ruta.  

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