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Entre la ciencia y la creencia hay mucha diferencia; algunas historias de pestes y cuarentenas

Escrito por Andrés Carrero , 26 de Marzo de 2020. Guardado en Opinión

Además de guerreros, cruzadas, luchas entre reinos, invasiones a Roma y las ciudades más representativas de la Europa medieval, el Medioevo también tuvo el azote de las pestes. Las más populares fueron la ‘peste bubónica’ y la ‘Peste Negra’; ambas propagadas principalmente por los fluidos de ratas enfermas con la bacteria transmisora, y las picaduras en personas por pulgas que vivían en estos animales. Los síntomas eran terribles: inflamaciones de los ganglios linfáticos que generaban bubas o bolsas con pus -de allí su nombre de bubónica- en las axilas, ingles, cuello, e incluso los ojos. También daba fiebres, dolores intensos y la muerte.

La enfermedad, endémica de Mongolia, no se presentó una sola vez en Europa, sino que tuvo tres apariciones que diezmaron a la población. La primera atacó en el Imperio Bizantino en el siglo VI y tuvo por nombre la ‘Plaga de Justiniano’, porque fue el emperador Justiniano quien se vio afectado, aunque logró sobrevivir. Murieron alrededor de 50 millones de personas; algo así como el 25% de la población europea. Entre el 1300 y el 1400 hubo un segundo brote conocido como ‘Peste Negra’ que afectó a Europa, África y Asia cobrando la vida de más de 100 millones de personas. Posteriormente hubo brotes a escala local, es decir, en ciudades que presentaron casos más no salieron de un círculo pequeño. El tercer brote se dio en la China del siglo XIX, cobrando la vida de aproximadamente 80 mil personas.

Pero ‘La Peste’ no fue la única que afectó a Europa; hubo una poco nombrada y sumamente interesante porque su tratamiento no tenía relación alguna con la creencia social; algo similar al resto de pestes que nos han afectado incluyendo la actual pandemia de COVID-19 y que, contrario a las creencias populares, cargadas de misticismo, augurios de días finales, venidas de Cristo y curaciones sagradas, sólo puede resolverse con el aislamiento y el cambio de prácticas alimenticias, de asepsia y control social.

En este caso se trata del ‘Fuego de San Antonio’ o ‘Ergotismo’; una enfermedad que azotó el Languedoc francés y se adquiría por el consumo de pan de centeno contaminado con el ‘Cornezuelo de centeno’, hongo que se adhiere a las espigas y que, al molerlas, se mezclaba con la harina en buen estado haciendo indetectable su presencia. La particularidad de esta enfermedad era que secaba las extremidades de las personas puesto que, entre sus particularidades, estaba la de vasoconstrictora, impidiendo con ello la circulación de la sangre y generando gangrena en brazos y piernas.

Los síntomas eran dolor de cabeza, mareo, desorientación, intensos dolores gástricos y musculares, vértigo, nauseas, y, además, la sensación de fuego recorriendo el cuerpo; una descripción digna para ser usada como ejemplo por el formalismo religioso de aquellas épocas, y paradójicamente, de las actuales. Por tal razón, si la enfermedad era un castigo divino por el pecado del mundo, porque como dicen por ahí, Dios se manifiesta de muchas formas, entonces, la solución estaba en arrepentimiento y la búsqueda del perdón el cual sólo podía alcanzarse encomendándose a San Antonio de Abad y peregrinando hasta el monasterio de San Antón, donde los monjes tocaban con sus báculos a los enfermos y estos, como en las creencias actuales, mágicamente recibían el perdón y se sanaban; aunque realmente lo que ocurría era que durante la caminata, el enfermo cambiaba de dieta y se desintoxicaba. La otra peregrinación común era hasta Santiago de Compostela, no sin antes visitar los conventos antoninos en tanto dicha orden se había formado para cuidar a estos enfermos. Lastimosamente, al regreso, muchos aliviados tenían recurrencias, pero no por pecadores sino por volver a consumir el pan de centeno contaminado.

A mediados del siglo XX, Albert Hofmann conocería de los otros síntomas generados por el hongo tales como ilusiones sensoriales, alucinaciones, delirios, etc., y con trabajo y dedicación logró explorar los destilados del hongo, destacándose la Dietilamida del Ácido Lisérgico, lo que conocemos popularmente como LSD; la droga más potente y alucinante en la generación de nuestros abuelos y padres.

En estos tiempos de COVID 19, con augurios de fin del mundo, fin del capitalismo, exacerbación de los nacionalismos, caos social, miedo promovido por la incertidumbre, y poco conocimiento y deslegitimación de la ciencia, la invitación es que no sigamos las viejas costumbres de imponer la religión y el fanatismo sobre las respuestas científicas; quizá lo que ocurra es que estemos insistiendo en comernos el pan contaminado y no veamos que la cura está en el cambio de prácticas.

Referencias consultadas:

1.   http://www.fundacionindex.com/gomeres/?p=1628

2.  Juan David Ramírez Quintero. “Sobre el mal de los ardientes o del fuego de San Antonio”, Acta Médica colombiana, 43(3):156-160. Revisada en: http://www.scielo.org.co/pdf/amc/v43n3/0120-2448-amc-43-03-00156.pdf

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