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Del racismo, clasismo, machismo y otras estupideces del colombiano

Escrito por Andrés Carrero , 11 de Julio de 2020. Guardado en Opinión

En 1882 el Museo Nacional de Brasil, el mismo que se incendió en el 2018, exhibió a una familia indígena como parte de su colección: “salvajes”; la misma exposición que venía triunfando en Europa y Estados Unidos debido a la alta acogida y curiosidad de los visitantes. La práctica de exponer a los ‘salvajes’ y emulada por otras instituciones similares consistía en poner en una jaula a una persona o a un colectivo de personas provenientes de África o América, para que los visitantes vieran a ese “otro” inventado, y escribo inventado porque el juicio de valor con el que se definió, describió y dominó al nativo americano, asiático y africano fue una invención de Occidente.   

Los promotores de la exposición, al igual que muchos científicos sociales y de las ciencias de la salud estaban de acuerdo en que estas personas eran inferiores; incluso, la condición de persona podía ponerse en duda y por ello los investían de categorías como ‘menores de edad’, ‘inválidos’, ‘incapaces’, ‘brutos’, ‘idiotas’, ‘interdicto’, e incluso ‘salvajes’, ‘bestias’, arrebatando con esta última categoría hasta su derecho a tener alma.    

En este modelo organizativo, la vida, la gente, la sociedad y todos los demás cuerpos vivos que conformaban el planeta se dispusieron para la consolidación del liberalismo con todas sus variables de desarrollo económico, político, administrativo, etc. Hablo aquí del capitalismo, del comunismo, del socialismo, del anarquismo y toda esa cantidad de ismos que nos atormentan a todos y todas desde que comenzamos a tener conciencia política, si es que tenemos eso, y que nos obliga a “ponernos la camiseta” porque de lo contrario estás fuera. Hay que mostrar los dientes, necesitas de un enemigo común para darle sentido a la práctica política y para que seas incluido y, obviamente, excluido.  

Pues bien, estas clasificaciones raciales, que sirvieron para diseñar la biopolítica y la necropolítica de la que hablaba en otra columna, fueron supuestamente superadas en el transcurso del siglo XX; o bueno, por lo menos los científicos ya no creen que los homosexuales son enfermos, que los negros, indígenas americanos y amarillos asiáticos son inferiores y que las mujeres carecen de capacidades para valerse por sí mismas; aunque es un hecho que muchas personas en el planeta tierra todavía creen en tales teorías. En Estados Unidos hay supremacistas, en Popayán y Manizales te preguntan por el apellido y se busca que no haya ‘mancha’, en Lima se necesitan letreros grandes que recuerden al público que en el establecimiento “se prohíbe la discriminación”, en el mundo abundan los feminicidios escudados en el estrés de la cuarentena y, como lo he leído en comentarios infortunados de las redes sociales, todavía se cree que en Colombia hay regiones con gente más perezosa, salvaje y buena para nada: costeños, chocoanos, vallunos, indios caucanos; gente indeseable porque está manchada, porque su melanina es abundante, porque no se pueden reinventar.  

Y justamente esta gente es la misma que hemos visto en los videos de redes sociales y noticias nacionales, carbonizadas después de intentar saquear un camión con combustible y que les estallara, o al lado del impotente conductor de camión que llora porque le están destruyendo el capó de su trailer, ya de por sí desbaratado por el volcamiento. Lo curioso de todo esto no es la indignación frente a los hechos, que por obvias razones debería causar indignación a todos. Lo curioso es la forma como nos indignamos.  

Colombia tiene 8 millones de víctimas, y unas cuantas más contabilizadas en el Registro Único de Víctimas; todas vieron cómo sus patrimonios se desdibujaban y tuvieron que salir de sus casas por las acciones de las guerrillas, los narcos y los paras. Hoy, sus tierras, algunas grandes propiedades y otras pequeñas parcelas están en disputa con empresas bananeras, ganaderas, productoras de aceite de palma, etc. En algunos casos hay nombres conocidos como el Ingenio Riopaila, también aparecen senadores que les defienden tales como María Fernanda Cabal, e incluso algunos senadores que otrora se arroparon en el discurso de la defensa social y la revolución, masacraron pueblos, secuestraron, desplazaron, arrebataron tierras, quemaron camiones y luego llegaron al Congreso de la República sin siquiera tener la imaginación suficiente para utilizar unas iniciales de nombre de partido que desviara la atención de sus principales afectados.   

El asunto es que el saqueo de los camiones, la tragedia de las familias, del conductor y de esta republiqueta tibetana, tiene que entenderse más allá de la clasificación racial, social y regional. Aquí, el ladrón, el malandro, el secuestrador, el torturador, el violador, vive en todos los estratos sociales; algunos toman vino importado y asisten a los clubes, mandan a sus hijos a estudiar en las prestigiosas universidades de Bogotá o del extranjero, y otros toman chicha, chirrinchi, cerveza y a duras penas estudian.  

Por eso, el problema es estructural y tiene dos caras; la de la desgracia porque está arraigada en las bases con las que se construyó nuestro mundo y, derivado de esta, la que hace que esta desgracia sea más desgraciada, y aquí me refiero a eso que hace que el ruido de los pobres sea más fuerte que el de los ricos.   

Referencias  

Para ampliar información sobre la exposición “salvajes”, recomiendo leer la siguiente columna publicada en el diario El País de España. Zoos humanos, racismo disfrazado de ciencia para las masas  

Sobre mi columna anterior: “É o destino de todo mundo”, “é o destino de cada um” (1)  

Sobre las denuncias hechas a Riopaila y la defensa de la senadora Cabal a los presuntos “buena fe” ver: 

La otra cara de las tierras acumuladas por empresas

Cabal la defensora de los “terceros de buena fe”  

Sabemos lo que hiciste la legislatura pasada ¡Recargado!

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