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De Yolanda del Río a las Sagradas Escrituras

Escrito por Jhoan Camargo , 06 de Mayo de 2019. Guardado en Opinión

En una región inhóspita de la Guyana, dos tiernos amantes fornican a escondidas de la mirada vigilante del Padre Napier. Esa es una de las tantas historias que se desarrollan en la novela El Cuento del Ventrílocuo de Pauline Melville. Una pena embarga a Úrsula Iguarán, la criatura más vieja de Macondo: la posibilidad de tener descendencia con cola de cerdo. Viejos relatos advierten la posibilidad de ello, las últimas páginas de Cien Años de Soledad lo ratifican.

Ada or Ardor, de Vladimir Nabokov (el de Lolita) relata un amor que llega a feliz término y varias décadas. Un romance poco trágico que, incluso, logra hacer olvidar a los lectores más sensibles a lo sórdido, la filiación entre Van y Ada. Sobra decir que los romances anteriores fueron entre familiares. Pero esta intervención no es para mencionar el incesto dentro de la literatura, sino, de manera peregrina, pensar que, si se habla tanto del incesto es porque debe tener su encanto, así la gente se desgaje en razones para repudiar la palabra y sus derivados: malformaciones, pecado, degenero, perversión, incluso a Edipo le dio por quitarse los ojos… 

También existen referentes musicales que aluden al incesto, como Yolanda del Río que pinta un panorama desolador y doliente: no sabían que ellos eran hermanos hasta mucho después de quererse… en la canción La Hija de Nadie; nada más triste que una huérfana infeliz producto de un coito incestuoso. El incesto también se ha practicado por motivos económicos.  Con eso de que la riqueza está tan escasa, ya desde el siglo XVI los Habsburgo participaron de esta práctica. Visto así, el ejercicio del incesto pierde lo transgresivo con que algunos le miran. 

Con los años, sus fetos fueron degenerándose hasta convertirse en seres tontos, estériles y enfermizos como Felipe IV; basta con ver su mandíbula prominente y la cara de tarambanas que ya desde Felipe II, su abuelo, se iba ¿perfilando? Incluso en la Biblia el incesto aparece, como en el caso del desafortunado Lot a quien sus hijas lo violan valiéndose del estado de embriaguez que le habían provocado. Primero, la mayor y luego la pequeñita; no les importó que estuviera viejo –y creo que feo–, primaba la necesidad de procrearse, ya que no había penes heteroparentales a kilómetros de distancia. 

Pero Lot no es el único que fornica en un ambiente cálido y familiar, Abraham también hace lo propio con Sara, bajo la excusa de que apenas y eran medios hermanos. Pero se me hace que este par de personajes no gozaron mucho de la situación; lo sustento en que, según las Sagradas Escrituras, Lot se hallaba dormido cuando lo cabalgaron las dos noches esas muchachas, y el segundo, porque luego Abraham tuvo que vérselas con una esclava para poder tener un hijo: Ismael. 

Al parecer practicar el incesto en el pasado resultaba bastante fofo, a menos que el noble Lot se haya hecho el dormido y Abraham quisiera una aventura…

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