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Colombia requiere coherencia administrativa

Escrito por Andrés Carrero , 06 de Noviembre de 2019. Guardado en Opinión

Los sucesos de los últimos días en el Cauca, exacerbados ahora con la noticia de que los muertos en el bombardeo de agosto eran niños, niñas, adolescentes y jóvenes, nos obliga nuevamente a reflexionar sobre las implicaciones que ha tenido el incoherente y difuso discurso del Gobierno nacional. 

Si bien, es válido oponerse al Acuerdo de Paz firmado con las FARC, también debemos tener claro que una cosa es ser partido o líder de opinión, y otra muy diferente, Gobierno Nacional; es decir, una cosa es la campaña y otra muy distinta la vida real. En esto no hay discusión, puesto que sólo mirar las experiencias históricas de promesas o palabras que se vuelven parte del escenario mediático, cambian cuando se gobierna; debemos aceptar que no todo se puede cumplir. 

Sin embargo, torpemente el gobierno Duque no ha logrado definir con claridad cuál es la agenda programática en relación con la implementación del Proceso de Paz, sin tener presente que dicho acuerdo no se suscribe únicamente a la desmovilización de los rebeldes (aclarando que no hubo tal desmovilización sino “movilización” de las armas a la política), sino que consiste en un programa administrativo suscrito al proyecto de Estado nacional; lo que quiere decir que es más que un partido e incluso, que un gobierno. 

Como es de esperarse, muchos excombatientes utilizan esta ambigüedad para no creer en el Gobierno y si bien, no podría decir que reincidan, pues la población está registrada en la ARN y se hace un acompañamiento constante, algunos mandos medios y otros líderes utilizan este discurso para mantenerse en la criminalidad y hacer nuevos reclutamientos. Este es el caso de Iván Márquez o algunos criminales con influencia local como los asociados a columna móvil “Jaime Martínez” y “Dagoberto Ramos”, que nunca se desmovilizaron, y la “Carlos Patiño”, que es la organización que al parecer tiene los vínculos con carteles mexicanos en el Cauca. 

El asunto es que la ambigüedad del Gobierno tiene como consecuencia tres fenómenos sumamente peligrosos: el primero tiene que ver con la incapacidad para ocupar los territorios dejados por las FARC, los cuales sólo en un ejercicio mancomunado entre Fuerza Pública, comunidad y excombatientes se puede lograr; sin embargo, para tal fin se requiere construir confianza, que cada vez se ve más agrietada debido a la incompetencia administrativa en la cartera de Defensa y los bochornosos hechos liderados por las Fuerzas Militares tales como el de Dilmar Torres, e incluso, la inexplicable incineración de la camioneta en custodia vinculada al crimen de la guardia indígena del Cauca. 

El segundo asunto tiene que ver con la imperiosa necesidad de garantizar que el Acuerdo de Paz se cumpla, por lo que se requiere una ingeniería política capaz de atender cada uno de los puntos; sin embargo, el gobierno mantiene un discurso de cumplimiento, pero en el territorio poco se ve, sin contar con la incapacidad para que las administraciones locales se comprometan con la implementación. 

El tercer asunto tiene que ver con la construcción de un pacto nacional que aglutine a todas las fuerzas políticas y se puedan sentar las bases de un trabajo en cooperación; sin embargo, el primer intento se hizo únicamente con los partidos afines al gobierno, y los demás, han sido alocuciones presidenciales que dejan mucho que desear. 

Considero fundamental que el Gobierno defina su estrategia de paz, porque el Acuerdo no se puede echar para atrás, pero sí construir el territorio a partir de un proceso maduro, con juicio y reflexión. Como es de esperarse, en la transición o “estabilización” como fue llamado al tiempo que iría entre la dejación de las armas y la “normalización”, se espera que haya picos de violencia y se presenten situaciones atípicas; sin embargo, una reacción adecuada, de cara al país, con honestidad y capacidad decisoria, determina el buen curso del proceso de paz. Por el contrario, pareciera que esta administración improvisa y no es capaz de tomar una postura clara y coherente. 

De todas maneras, queda la duda de si esta es la verdadera cara, es decir, ambigua e incoherente.

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