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Entre guerrillas y paramilitares y la pertinente reflexión sobre estos asuntos

Escrito por Andrés Carrero , 25 de Septiembre de 2019. Guardado en Opinión

No es fácil discutir públicamente sobre paramilitarismo y guerrillas, pues la mayoría de las veces afloran juicios de valor que nos distancian de los hechos; por lo que damos más peso a las emociones que a la razón, y con ello, limitamos las posibilidades para comprender la configuración histórica de nuestra conflictiva sociedad colombiana. De allí que cientos de personas prefieran opinar y ponerse a favor o en contra de los grupos en mención, e incluso, algunos se atrevan a fundar nuevos colectivos para promover una lucha armada a nombre de extintas guerrillas o del paramilitarismo. Pero ¿Cuál ha sido la relación entre Estado, paramilitarismo, narcotráfico y guerrillas?, ¿Por qué nuestro país no logra superar esa tendencia absurda del uso de las armas en vez de la retórica?, ¿Por qué vivimos en un país propenso a la criminalidad? ¿Por qué se mantiene la idea de una “lucha justa”, como lo escribieron en una pared payanesa? 

Estas, como muchas otras preguntas que me hago y que supongo, también se hacen otros, exigen un pensamiento complejo, es decir, la búsqueda de múltiples explicaciones descartando de entrada el juicio binario de buenos y malos, justos e injustos. ¿La razón?, no es suficiente con juzgar los hechos, dado que su resultado nos causa satisfacción o enojo, mas no permite develar las razones que indujeron los actos, y mucho menos, comprender su trascendencia. Volvamos entonces a las preguntas iniciales, aunque tendré que desarrollarlas en varias columnas. 

Marx decía en uno de sus tantos escritos, que el Estado era el principal productor de violencia; y no estaba equivocado, pues su función primaria ha sido el monopolio de la violencia física y simbólica legal y legítima. Para lograr tal fin, el Estado hace uso de instrumentos de represión como la escuela, donde nos enseñan un idioma, una forma de comportarnos, de relacionarnos los unos con los otros; aprendemos a conmiserarnos y rechazar prácticas individuales o colectivas como la violencia hacia las mujeres; como también, a incorporar y reproducir otras tales como la protección del medio ambiente. Pero, por otra parte, el Estado hace uso de la represión física con sus cuerpos de policía y ejército, y esto no es más que una competencia entre un discurso que se precia de legal, correcto, legítimo si se quiere, contra otro que se sataniza por no estar en el marco de los socialmente establecido. Sin embargo, este otro discurso también lo componen grupos que consideran ser correctos, legítimos; de allí que muchas veces la disputa entre Estado y opositores termine en una negociación. 

Para comprender entonces el proceso formativo del Estado, es menester recordar dos pensadores muy importantes en la historia política de Occidente: Thomas Hobbes y Nicolás Maquiavelo, pero siempre escuchando a cada uno, sin pensar que el primero se impuso sobre el segundo o viceversa. Thomas Hobbes se asocia al monopolio de la violencia como fin último del Estado; entonces, el Estado hará lo que esté a su alcance para consolidar su hegemonía. Por el contrario, Maquiavelo encuentra en la negociación un camino para la consolidación del poder estatal, de allí las alianzas como estrategia para lograr estos fines. 

En el caso colombiano, ambas tesis han estado presente y siguen vigentes en el estudio de la historia institucional, puesto que en los más de 200 años republicanos hemos visto alianzas, bombardeos, traiciones y demás menesteres que forman al Estado. ¿Cuál debería ser nuestro foco de atención?, creo que los valores que se persiguen; de allí el conflicto. Y entiendo por valores las proyecciones sobre el futuro que hemos hecho como persona y sociedad, las cuales van cambiando, dependiendo del momento histórico que leamos. 

Entonces, la lucha armada entre el Estado y las guerrillas, sin importar si son del siglo XIX o XX, no es más que un choque de valores; los mismos que llevan a que los gobiernos hagan alianzas con el narcotráfico y el paramilitarismo para enfrentar a su competencia. Las guerrillas, por su parte, también hacen alianzas, algunas por interés instrumental y otras por interés emocional; es decir, porque sus líderes sintieron que recibir o dar apoyo a un determinado colectivo o individuo podría fortalecerles políticamente; por ejemplo, el Acuerdo de Paz entre Santos y las FARC. Vamos entonces por partes; comencemos por la relación Estado-paramilitarismo con el fin de ir creando ideas para discutir y ampliar. 

Partamos reconociendo que el Estado colombiano tiene más territorio que poder absoluto; es decir, el Estado no tiene capacidad para garantizar el monopolio de la violencia física y simbólica legal y legítima, por lo que un vasto territorio está a merced de otros actores capaces de crear sus propias instituciones; esto sin contar con la vulnerabilidad frente al ataque de otras naciones, aunque por fortuna, nuestros vecinos son tan pobres como nosotros. 

Esta condición lleva a que el Estado colombiano tenga que construirse bajo la negociación, el amiguismo, el compadrazgo, sacrificando muchas veces los derechos vulnerables -es decir, los más recientes y sin apropiación social-, con tal de garantizar la hegemonía de los que se consideran relevantes. Así las cosas, el Gobierno en su afán por mantener los valores más fuertes del Estado tuvo que elegir con quién negociar: o lo hacía con las guerrillas, o lo hacía con los líderes regionales y locales de aquellas regiones en las que su poder hegemónico estaba en vilo. 

¿Con quién aliarse? Evidentemente las guerrillas eran un enemigo más importante que los mismos líderes locales, así estos fueran en contravía de muchos valores consignados constitucionalmente, dado que los gobiernos de turno priorizaron la tradición sobre la constitución, y paradójicamente estos líderes armados servían más como aliados que como enemigos, finalmente usaban el discurso estatal: la defensa de la propiedad privada, el capitalismo de las exportaciones, la democracia electoral, el discurso cristiano, la falacia del desarrollo. 

Creería entonces que una primera explicación al fenómeno paramilitar radica en esta primera hipótesis: El Estado, incapaz de controlar todo el territorio, y el gobierno nacional consciente de los avances de la guerrilla, vio con buenos ojos hacer alianzas con los líderes armados de los territorios que no controlaba, pero que eran afín al discurso tradicional-institucional, y terminó por permitirles un margen de maniobrabilidad con tal de construir una hegemonía institucional. Es interesante cómo en las regiones del paramilitarismo, los partidos tradicionales avalaron a personas vinculadas a estos grupos con la condición de comprometerse a defender los valores enunciados previamente, además de respetar la pantomima electoral, es decir, fueron a votaciones y se hicieron elegir a nombre de algún partido (lo conocemos como la parapolítica) 

¿Cuáles fueron los costos? Para el Estado, la ingobernabilidad en los territorios se exacerbó al no poder controlar a las guerrillas y tampoco a los paramilitares; para los segundos, la traición del gobierno al extraditar a los líderes o ponerlos en prisión y por lo que, a manera de revancha, éstos han venido delatando a políticos locales, regionales y nacionales. 

En la próxima columna ampliaré esta hipótesis vinculando nuevos elementos relacionados con la complejidad de los territorios, defenderé la idea de que no hubo paramilitarismo sino paramilitarismos en plural y trataré de profundizar en los costos políticos que ha tenido estas alianzas en la construcción del Estado colombiano.

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