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Kika

Escrito por Jhoan Camargo , 06 de Septiembre de 2019. Guardado en Opinión

Desde mi adolescencia he sido reticente con la tenencia de mascotas en general. Los pájaros me producen desazón al verlos en las jaulas, los gatos son criaturas mezquinas y patológicas que solo miro de lejos y a los perros creo que les falta convicción. De ahí en adelante las mascotas, cualquiera sea su pelambre, me parecen un síntoma de dependencia y una razón de más para sufrir en esta vida de por sí plagada de penurias. 

No siendo suficiente con lo anterior, en mi infancia tuve terribles experiencias con los animales. De los primeros que tengo memoria, Flay, que quedó aparentemente paralítico, por alguna razón decidí bañarlo y, como el ungido que revive, al poco tiempo terminó caminando, después, estando en casa de los abuelos, le pregunté a mi mamá por el perro y ella me respondió: Flay quedó Flay… me quedé en completó silencio. 

A princesa la mató el carro de mi gran amor, la Coca-Cola; la otra Princesa la regalaron por fastidiosa. Al conejo enano Angelo Bartolomeo lo desnucó Princesa la fastidiosa, a Braulio lo cocinó mi mamá porque se comía las plantas más bonitas y me lo dio a comer diciendo que era sudado de pollo. Y el más doloroso, a Manchas, un dálmata tranquilo de pecas castañas que ni siquiera era de nosotros, vi cómo lo dejaban en una caja agonizante porque le dio moquillo y solo quedaba aplicarle la eutanasia. 

El caso es que siento que ya no tengo corazón para los animales, que ya lo di todo por ellos, que no son lo mío y que más que ellos, soy yo el que huye de su dependencia, porque reconozco el sentimiento que despiertan los animales, simplemente no lo quiero para mí. Allá el mundo que gusta de sufrir porque la perra no come o tiene embarazo psicológico (historia que en realidad pasó). 

No sé si de Federica, Ludovica o Martinika, el caso es que desde hace tres semanas llegó a la casa. Me gusta porque, entre otras cosas, fui yo el que le puso el nombre. Le dijeron Luna, Niña, incluso nombres de mujer, pero ella solo atendió al nombre de Kika, como la prostituta de Perder es cuestión de método. Es muy pequeña, tiene escasos tres meses y la cobardía de su dueño; además de eso ladra sin saber que más allá de querer producir miedo, lo que produce es risas. 

No voy a mentir, la quiero con la convicción que dije, les falta a los perros. Pero la quiero como se quiere a un perro. No pienso que es muy entendida, que es una niña ni la hija que no quiero tener, la quiero con la certeza de que me busca porque eventualmente le doy comida y soy el que le rasca la barriga. Cuando muera no voy a querer otro perro, ni pretendo volverme animalista, sigo pensando que las mascotas son un lastre y todo lo demás. He llegado a la conclusión de que a mí no me gustan los animales, a mí solo me gusta Kika.

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