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Entre el derrotismo y la premura, las malas decisiones y sentimientos afloran

Escrito por Andrés Carrero , 04 de Septiembre de 2019. Guardado en Opinión

La noticia sobre el rearme de algunos líderes de las FARC tomó a muchos por sorpresa, y como era de esperarse, las culpas entre unos y otros salieron a flote. Algunos culparon al gobierno por sus incumplimientos y otros desestimaron los compromisos de los excombatientes; pero más allá de esto, lo que podemos ver es el sentimiento de derrota de todos y de la mano de ella, la premura de juicios que inducen malas decisiones y sentimientos negativos; ¿Pero por qué nuestra sociedad asume este comportamiento confrontador y no precisamente busca puntos de encuentro? 

La historia de Colombia se caracteriza por la guerra. Nuestro país nació con ella y aún sigue en ella; pero más allá de un enfrentamiento entre dos actores, nuestras guerras se han caracterizado por confrontar a varios grupos, e incluso, la característica principal ha sido la tendencia centrífuga, la rebelión, el levantamiento en contra de la “institucionalidad”. 

Es de esperarse que, como sociedad, nos agotemos, y más cuando no hay persona en Colombia que no tenga una relación directa o indirecta con la guerra. Sin embargo, la frustración que nos genera no poder alcanzar la paz ha llevado a que asumamos dos posiciones sumamente peligrosas: 1) un derrotismo ante la primera adversidad, y 2) premura de juicios con propuestas limitadas. 

Ninguna paz es perfecta y como cualquier proceso de paz, siempre habrá reveces y avances. Pretender que todos los excombatientes de FARC, incluyendo mandos medios y líderes políticos se desmovilizaran de un día para otro e ingresaran a la vida civil, es una utopía; aunque casi se logra. Con Justicia y Paz ocurrió lo mismo; algunos paramilitares se vincularon a la vida civil y han contribuido con la verdad y la paz, pero otros siguieron delinquiendo (incluso fueron la mayoría), formaron nuevos grupos armados como los Rastrojos, los Urabeños, los Carrapos, etc., o en su defecto, fueron extraditados por narcotráfico a los Estados Unidos, con los costos que esto ha implicado para alcanzar el componente de verdad y reparación de las víctimas. 

Aún así, por más criticable que fuera Justicia y Paz, hay algo para destacar. Hoy sabemos cómo fueron las alianzas entre políticos, empresarios y paramilitares, cuáles fueron las tierras arrebatadas a los más vulnerables, por qué el paramilitarismo fue cobarde y malo para hacer la guerra a las guerrillas pero hábil para robar propiedades, por qué no se justifica un rearme y lo más importante, por qué no se puede justificar la relación entre Ejército y Criminales; de allí la vergonzosa actitud de los militares colombianos que siguen insistiendo en la estrategia de guerra que lideró Rito Alejo del Río, y que hoy permite ver dos corrientes al interior de las Fuerzas Armadas: la retrógrada, inmoral y vergonzosa del paramilitarismo, y la moderna, respetuosa de los derechos humanos y “que habla en inglés”, pero que pareciera molestar a la dirigencia. 

El Acuerdo con FARC también es valioso porque es la aceptación del Estado y la guerrilla de que hay un problema estructural que debe superarse si queremos vivir en Paz política. Cada uno de los puntos fue labrado con detenimiento, atendiendo a la normativa internacional y las reclamaciones de todos y todas quienes participamos directa o indirectamente en su construcción. Y los resultados son tangibles: las cifras oficiales dicen que el 90% de los exintegrantes están en la legalidad, los llamados a comparecer ante la JEP están cumpliendo, se ha venido revelando poco a poco cómo se construyó la estructura y cuáles han sido los costos para la sociedad civil, se han hecho encuentros para pedir perdón público a las víctimas, la participación política de los excombatientes en el Congreso han permitido conocer sus ideas e incluso han ayudado a destrabar nudos naturales del congreso, etc. 

En un momento tan complejo como el que vivimos, es menester que seamos cuidadosos con las palabras y los hechos. Es fundamental que el Acuerdo de Paz se siga implementando con mayor rapidez y que encontremos puntos en común pues de la implementación del Acuerdo dependerá la superación de las causas de la violencia política y rural colombiana. No condenemos a otras generaciones a vivir lo que nos ha tocado.

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