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Égalité pas (I)

Escrito por Jhoan Camargo , 09 de Agosto de 2019. Guardado en Opinión

El francés es un idioma cruel. A diferencia del español, las negaciones en francés vienen después de la esperanza. Nosotros decimos «no puedo», «sin sentimiento», «incompetente» y ya desde el inicio advertimos la negación, al menos en el lenguaje. Sin embargo, al igual que como el francés, pareciera que con la palabra igualdad en francés, manejamos la misma crueldad. 

No nos digamos mentiras, así la constitución del 91 diga que este es un país laico donde todos somos iguales ante la ley, así el proyecto político del siglo XIX haya propendido por ello, así hablemos de justicia, así los discursos políticos nos digan que buscan la equidad, en el fondo de todos, absolutamente todos, está grabado con tinta indeleble que no somos iguales y hasta lo aceptamos. 

Para las clases tenemos olores: Fulano huele a perfume barato; la ropa: Sutano viste con ropa de la galería; la comida: Perencejo fue criado con aguapanela y el color de piel: Mengano es negro, pero negro fino. Uno podría pensar que eso no es un problema siempre y cuando esas clasificaciones se quedaran en el fuero interno y fueran prejuicios que se manifestaran con vergüenza entre la gente de confianza, pero no es así. 

Por ejemplo, nos parece inconcebible que los políticos de toda la vida, esos que cometen crímenes elegantes como el prevaricato o la malversación, vayan a cárceles mugrosas y malolientes como el resto de los mortales, porque «qué vergüenza el doctor en esos patios donde la ropa se cuelga de donde se puede y se ve a lo lejos los brazos y las piernas de los reos asomarse entre las rejas». Esa gente tan distinguida que hasta el sudor les huele rico está para cosas mejores ¿Una escuela de caballería? 

A mí todo eso me molesta porque cuando sudo no sigo oliendo rico, ni siquiera sé si cuando recién me alisto huelo rico. Tampoco tengo mujer con pecas en la espalda, esa pigmentación tan bonita y elegante. También me molesta porque estoy seguro que si llegase a cometer algún crimen no habría tantas vueltas ni dimes y diretes alrededor del proceso. Si tengo suerte me mandarían a mi casa por cárcel y hay para decir que la casa no se distingue mucho de un centro de reclusión, aunque la comida es excelente. 

De cualquier manera, este país enferma, y enferma también el arribismo. Sobre todo el de los pobres, que, sabiéndose pobres, todo el tiempo intentan querer ser como esa gente que tanto los odia, los recrimina, los pisotea. Esa gente que amenaza a sus hijos cuando se portan mal con meterlos en un colegio público para que aprendan la lección, porque así pasa; para la gente de bien eso que se llama lo público está infecto, es indigno. En Colombia lo público es sinónimo de popular ¡y qué vergüenza! 

No es «gratuito» que haya calado tan hondo eso de que la izquierda lo quiere todo regalado, de que hay que trabajar para levantarse el sustento, que nos van a volver comunistas con tanto subsidio, que vamos a volvernos un país de mantenidos. Aunque nos encanta lo gratuito, detestamos que se sepa que nos dan la ropa del primo rico, que somos estrato 1 o 2, que nos dan alimentación en la escuela; es decir, nos avergüenza reconocernos sujetos de derechos básicos como la alimentación, la educación y el vestido, porque la gente de bien todo se lo costea… con dineros públicos. Llámese desfalco, evasión de impuestos, subsidios, dietas parlamentarias o demandas administrativas en contra de la nación.

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