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A mis compas de trabajo

Escrito por Andrés Carrero , 26 de Diciembre de 2018. Guardado en Opinión

Durante una mañana soleada en la que me disponía a tomar un café, llegó de improvisto un amigo; alguien a quien admiré porque representó, en su momento, consejos para la cotidianidad. Después del saludo comenzamos a hablar de aquello que nos hace humanos, eso que aún discuto en las pocas clases que estoy dando, o con los más cercanos conocidos, amigos y hermanos del alma, y en medio de las explicaciones que me daba sobre la condición humana hubo una que me marcó: los seres humanos somos creadores, por eso trabajamos, por eso nos deprimimos cuando no nos sentimos útiles, por eso vivimos haciendo algo para no morir.

Y es que una de las cosas más interesantes que he aprendido, es que sentirnos útiles determina gran parte del sentido de la vida. Somos útiles cuando podemos contribuir al mundo con grandes inventos; pero también, cuando logramos que nuestros amigos se rían de la vida. En términos generales, la utilidad no puede medirse en escalas de valores, pues es tan valiosa la cura contra el VIH como sacarle unas carcajadas al círculo más cercano de personas que nos rodean; pues, ¿qué ganamos con curar una enfermedad si no podemos reír?

Por otra parte, la conversión de las ideas en cosas útiles requiere del trabajo. El trabajo es el tiempo, la fuerza, el desgaste del creador; sea este una máquina, un pensamiento, o una obra hecha con las manos. Somos creadores y trabajadores, pues crear es trabajar también. Aunque algunas veces las creaciones no provengan de nuestra imaginación y sean la reproducción de otra idea, es importante tener presente que la acción más enajenada del trabajador es también creadora; por ejemplo, creadora de riqueza para el dueño de los medios de producción, o satisfacción para el consumidor del objeto.

Ser conscientes del sentido que tiene el trabajo en la vida de los hombres y las mujeres, es lo que nos permite valorar lo que hacemos. Más allá de si una persona es creadora de ideas o reproductora de otras, el trabajo es la vía para materializar la creación humana y por ello en la historia de la humanidad hemos dado relevancia al quehacer. Con cada paradigma que enruta la vida social, hemos definido la importancia que tiene el trabajo realizado; de allí que el sacerdote en una sociedad teocéntrica tuviera tanta relevancia, o quien sepa cultivar la tierra sea determinante en el mundo agrícola.

Sin embargo, a pesar de la importancia que tiene esta discusión sobre la utilidad creadora y el trabajo, la mayoría de las personas terminaron creyendo lo que el sistema capitalista instaló en el discurso dominante, y es que el trabajo es únicamente el medio para acceder al capital con el que cambiamos horas de vida -como diría P. Mujica-, por bienes materiales. Entonces nos aferramos a un puesto de trabajo, sacrificamos nuestros ideales, ahorramos la crítica a las instituciones por el temor a perder la posibilidad de comprar, cuando realmente lo que estamos haciendo es contribuir con nuestro quehacer al enriquecimiento del mundo, a las metas de un líder, a los objetivos de una institución, empresa o proyecto político.

Por eso el buen líder sabrá que todos sus empleados son realmente piezas fundamentales en la materialización de las ideas, que sin su esfuerzo creador no sería posible sostener un proyecto; entonces los valorará, los cuidará, los apoyará y orientará. Quizá en algún momento tendrá que prescindir de ellos, pero sabrá decirles por qué no pueden estar allí, pues más allá de que alguien no haga bien las cosas, se trata de identificar cómo las capacidades de cada uno están dadas para llevar a cabo una idea.

Y el trabajador, ese constructor de realidad debe entender que es valioso para el mundo en el que vive, pues su acción es productora de obras; por ello debe defender sus creaciones y con ello, defenderse de la incapacidad que tendrán las instituciones para ver humanos y no códigos. El trabajador deberá luchar porque sea reconocido, y para ello hará uso de los derechos laborales, pero también deberá seguir creándo nuevos, pues en la relación laboral, aún no hemos logrado la balanza entre el hacer y el reconocer lo hecho.

En la dinámica de la vida, la creación, la utilidad y el trabajo son interdependientes, por eso vivimos haciendo cosas y por ello mismo debemos entender que somos más que las instituciones, más que las ideas en las que nos inscribimos como productores o reproductores. Si queremos ser consecuentes con lo que nos diferencia de los demás animales, debemos seguir creando, apropiar nuestros saberes y apoyarnos en ellos para hacer cosas nuevas, ideas nuevas. Debemos considerar nuestras capacidades y superar las limitantes que nos propone la empresa, la Nación si se quiere también. Somos todos y todas, trabajadores, creadores de realidad, constructures de mundo y por ello, imprescindibles.

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